
La calle, un lugar que la fotografía ama retratar
En las calles está el verdadero rostro de ese particular invento humano: la ciudad. Quizás por eso la fotografía las ama tanto.
Y de eso –urbes, gente, mirada amorosa, encuadres y clics de una cámara– se trata Retratos de la calle, el libro que, con diseño de Pablo Grancharoff y traducciones de Lala Toutonian, publicó este año el fotógrafo Horacio Tati Di Renzi.
Como un transeúnte más, Di Renzi recorrió Buenos Aires, Santiago del Estero, Huamahuaca, Iruya, Maimara y Nueva York. Como transeúntes visuales, quienes recorren su libro se dejan llevar por una deriva que une los gestos de la gran ciudad global con los del pueblito andino o la metrópoli latinoamericana. Y ahí está uno de los hallazgos de este trabajo: el modo en que, a través de las imágenes, los habitantes de espacios tan disímiles se van engarzando unos con otros. No hay caos, pero tampoco organización evidente o indicaciones explícitas de tiempo y lugar. Más bien lo que hay es un orden secreto: el pulso silencioso de un autor que va asociando, contraponiendo y haciendo convivir seres claramente disímiles, por momentos insospechadamente similares.
Porque aquí hay otra cuestión: el autor no fotografía espacios arquitectónicos o trazados urbanos, sino personas. Las ciudades viven, pero sólo a través de la multiplicidad de quienes las habitan. Es así como, en el libro, surgen los dípticos: el rostro curtido y con algo de inaprensible de una mujer coya, contrapuesto a las sonrisas confiadas de dos chicas tras la bara de un bar que podría estar en Buenos Aires o en Nueva York; la mirada entre desconfiada e irónica de una anciana tras la cual emerge el abigarrado bullicio de una barriada, y la blanda sofisticación de una joven que atraviesa la city de una gran ciudad. Están los retratos de quienes, más que circular por estos espacios, los ocupan y hacen rústico hogar: el hombre durmiendo o descansando en la posición de un involuntario Rodin, todo su cuerpo en torsión alrededor de la caja donde recibe limosna; los ojos oceánicos, difíciles, del que quizás haya perdido la razón.
John Berger señaló que la fotografía nace junto con la aparición de una angustia específicamente moderna: la percepción de que la historia es un tren en permanente fuga; la certeza de que realmente nada es para siempre. “Ya no existe ningún valor generalmente reconocido que dure más que el valor de una vida, y la mayoría son más breves”, escribió en Otra manera de contar. Los seres capturados por la lente de Tanti Di Renzi hablan de un intento (cómo no, en la era de Instagram o Snapchat) de salir de esa fugacidad.